Las puertas del eclecticismo
- Diego Lois

- 10 sept 2023
- 5 Min. de lectura

Hace muchos años un alemanito pudo abstraerse de su condición de burgués y entender que la desigualdad de clases, se debía al acaparamiento de los medios de producción por parte de un grupo reducido de personas como él.
Mientras su ama de llaves le limpiaba las medias y los calzoncillos, tuvo suficiente tiempo para escribir varias obras. Cincuenta años después, una multitud de loquitos se subían al tren transiberiano con esas obras debajo del brazo y se bajaban en la estación ‘cortarle la cabeza al Zar Nicolás’. Esos mismos loquitos convirtieron el imperio que obtuvieron, en otro imperio más grande todavía, que era igual al anterior pero con una economía pública mucho más gorda, y entre sus arcas, había lugar de sobra para financiar al Teatro Nacional de Moscú (traducción del autor). Cuna de un elenco estable en donde sus artistas nunca se tuvieron que preocupar demasiado por tener con qué llegar a fin de mes, pagar alquiler, comprar fiambre o ropitas nuevas, o tener una sala bien dónde estrenar sus obras de teatro.
De esa política pública salieron varios cracks como Gorki, Stanislavski o Chejov, y hoy, muchos años después de la revolución de los loquitos contra el Zar Nicolás, y debido a causas tan diversas como los talibanes, la debilidad de los sistemas de partidos únicos, la hipocresía o la estupidez, ese mundo se cayó y en las escuelas de teatro, los seguimos leyendo porque son buenísimos y seguimos teniendo mucho para aprender de ellos.
Tantos años pasaron y quienes producimos arte, seguimos apuntando directamente a fondos (políticas públicas, festivales, premios, concursos) cuando queremos hacer algo de calidad, a lo que poder dedicarle nuestro tiempo a pleno sin distracciones materiales inmediatas. Quienes pueden (y me alegro por elles) escapar a estas preocupaciones, en su mayoría se apoyan sobre aquella acumulación inicial de la clase arrolladora, que saqueó las minas del Potosí, y las tierras indígenas, y al día de hoy sigue quemando a diario miles de hectáreas de selva para producir riqueza.
En simultáneo, quienes tenemos un tiempo que resulta demasiado corto, nos cuesta mucho ensayar algo apasionadamente durante varios meses, sin caer en la tentación del fetiche de la mercancía. De querer convertir nuestra producción en un producto consumible por el medio, para transformar ese consumo en validación multirubro (fotos, redes, comentarios, renglones en currículums, codeos en bares con colegas, aprobación familiar). Quien esté libre de fetichizar sus creaciones como mercancías que tire la primera piedra.
Tantos años después y los viejos problemas siguen siendo los mismos, no contamos con tiempo, ni recursos, ni la propiedad de los medios de producción para producir el teatro o lo que sea que queramos. Las discusiones alrededor de esto son muchas y ojalá fueran muchas más.
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Hace unos días, en medio de una jornada laboral, me tuve que parar sobre el piso de la sala de ensayo, y pude percibir la conexión profunda que tenían mis pies con el todo. Pude sentir la madera y debajo el hormigón, compuesto por un complejo entramado de minerales traídos de todas partes del territorio nacional, la tierra debajo vibrante por las lombrices y todos esos animales increíblemente fascinantes, que jamás vamos a conocer en detalle por ser más pequeños que un grano de arena, y debajo huesos, rocas, metales, agua, oscuridad, petróleo, fuego, peligro, secretos, y a mil capas de distancia de mis pies, una cueva de cristal celeste y brillante. Me gusta pensar que todas las personas que nos volvemos adictas a crear (otra gente habla de pasiones, necesidades) es porque en algún momento estuvimos en esa cueva, en un punto sagrado de creación que nos cambió la vida, y no hacemos sino querer volver a cada paso que damos. Un viejo lugar conocido que contiene la energía de todo lo que es posible.
Para cada persona ese momento debe de ser distinto. En mi caso no me acuerdo cuál fue el primero, en parte porque estoy seguro de que fueron muchos. Se pueden hablar horas de los problemas materiales de la creación, pero quienes estuvimos alguna vez en la cueva sabemos que lo central no corre por esa vía. Hay algo mucho más profundo, que tiene que ver con habitar ciertos lugares de la conciencia (Descartes y otres que vinieron después hablaron del ‘conócete a tí mismo’) tan profundo como sea posible.
Recorrer ese camino implica tener abiertas las puertas de la percepción, y asociar libremente una enorme cantidad de sucesos de la vida propia y del diálogo con las vidas ajenas hasta sintetizar a gusto. El más creativo es el que copia mejor.
En mi caso en particular, crear significa acercarme lo más posible a les creadores que me cautivan ya sea con su arte, pensamiento, magnetismo escénico o lo que sea. Por cada obra que escribo, leo unas veinte y miro unas veinte más, y para eso a veces hay que hacer lugar en donde no lo hay. Leer en el laburo o directamente no ir. Dice el Indio que ‘solamente quienes toman sosegadamente aquello por lo cual se atarea la gente de mundo, pueden atarearse por aquello que la gente de mundo toma sosegadamente’. Tiene razón.
Lucrecia Martel, por su parte, nunca pierde ocasión para decir en sus entrevistas que no cree en la palabra artista, que es un artificio inventado para justificar el mecenazgo de ciertos creadores por sobre otros, y que cualquier persona de este mundo es capaz de hacer arte. Tiene razón. Dijo alguna vez Séneca que 'no es porque las cosas sean difíciles que no nos atrevemos a cometerlas, sino porque no nos atrevemos a cometerlas que se vuelven difíciles'. En el entrevero de mi eclecticismo Séneca escuchaba las entrevistas de Lucrecia, y también tenía razón.
Lo único importante parecería ser a cada paso ir abriendo las puertas de la percepción, con la posibilidad de dejarlas abiertas para poder volver cuando queramos a aquellos lugares en donde encontramos algo. No es necesario tomar LSD cada vez que quiero lograr una conciencia del todo o del sentido de la vida. No es necesario fumar porro para imaginar más allá de nuestros propios límites, ni tomar alcohol para desinhibirnos y conectar con nuestras emociones, ni tomar cocaína para sabernos con la fuerza de lograr cualquier cosa, o ir a una reunión scout para tener presente que hay que dejar siempre el mundo mejor que como lo encontramos. Alcanza con abrir cada puerta una vez y dejar un mojón plantado para que no se cierre.
Tantos años después, y los viejos problemas siguen siendo los mismos, nos perdemos de conectar con lo más profundo del espíritu, por la estupidez bombardeante de este mundo trágico y sufrido, que no hace sino llevar las discusiones siempre para el lado de la materia anulando el resto de la existencia. Tantos años después, y los viejos problemas de idea contra materia siguen siendo el centro de todo.
Me gusta el arroz, me gusta el puchero,
me gusta el amarillo, el rojo, el verde y el negro;
me gusta la calle y algunas otras cosas,
pero lo que más me gusta
son las cosas que no se tocan.


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