- Horacio Manganeso

Explayo el friso cuando no puedo parar de mover la pierna en el semáforo involuntario de oficinistas apurados para llegar a sus escritorios sin respetar ningún tipo de apuro peatonal sin auto y desesperados por hacer exactamente lo mismo. Las mañanas en la ciudad pueden volverse sádicas cuando los subestimados a pie tientan la muerte sabiéndose dirigidos por su mono comando al laburo. los automovilistas, en condiciones un tanto parecidas pero un tanto más pudientes, pudiendo no más que ver con suerte las luces del tránsito, sin importar si llueve o si hace un frío de la gran flauta congelada por Pagnifique, le pasan a uno por encima, aunque uno haya llegado empíricamente antes al cruce. Y ahí no hay ceda el paso, no hay cebra que desacelera los neumáticos. La carrera citadina, a la mañana, trata de ver quién se tira primero. Compiten la multa contra la suicidio, el susto contra la puteada, pero al fin de cuentas, la llegada tarde contra la llegada tarde. Amen y fac iu la concha de tu madre, mandate nomás, gil de goma.
- Horacio Manganeso
Exhorto al tedio provocado por la boa cuando obviando las nociones sobre conjuntos determino causa perdida en loca blureada. La ortalexia del montón hoy día brame causa inhóspita si te lo ponés a pensar, y pensar, pensar justamente es lo que no atreve el estudiantado perdido entre sus páginas ciento once y sus páginas catorces, ahora preguntándole a un tipo calibre antena como yo mismo podría presentarme fácilmente ante una entidad de reino eucariota o paralelo, finjo cierto desconcierto seguido de mareo trivial, falta el vómito que quizá sin ser lineal haya sido vómito abstraído.
Cuentan víboras palomeras deste’ monte radicalista en el que trepamos escaleras a diario como si fuéramos reparadores del sócalo de la línea recta, que la noche de ayer, sin previa ni devia un gramajo de entradines vociferaban desde los interiores de la casa de Eraíldo Aldia y Maparta Rayo, su madre. Sabemos o podemos intrigar que se trataba del consejo de eplómbis y tal que tal, pero cuando conseguimos divisar la manada en junta movible por las aceras, trepamos detrás de ésta escaleras y detectamos bufidos de excelso brillo garrapiñado como encajes bordados a cumbia y desenfreno. La dilatación pueblerina mudó lejos, picó a rebote, y más allá del sahumerio, del serrucho, de la firulada, van y le rasguñan la puerta a un gato que enseguida les abre como si se tratara de una novela galenciana cuando uno eructa «púmbateicaiga».